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Chapter 12

Chapter 12: La vista de apelación

La Audiencia Provincial fijó el examen del recurso presentado por la representación legal de Trevor contra la orden de alejamiento y las medidas cautelares de custodia.

El Palacio de Justicia olía a café rancio y a humedad de parquet antiguo. Trevor apareció en el pasillo escoltado por un bufete de tres letrados vestidos con trajes a medida. Llevaba el pelo impecablemente cortado y un pin de la cruz roja en la solapa de su chaqueta. Parecía un ciudadano modélico, un padre afligido al que una maquinaria millonaria estaba privando de ver a su hija.

Rebecca entró por una puerta lateral para evitar a los cámaras de televisión que se agolpaban en la escalinata principal.

En la sala de vistas, la letrada de Trevor, una abogada de reconocido prestigio especializada en derecho de familia, tomó la palabra con vehemencia.

—Señoría, asistimos a una instrumentalización palmaria de la jurisdicción penal para obtener una ventaja desmedida en el ámbito civil. Mi cliente es un profesional intachable, sin antecedentes penales, que ha sido apartado de su hija de dieciocho meses tras un desafortunado accidente doméstico desencadenado por el estado de inestabilidad emocional de la señora Vale.

La abogada mostró una serie de capturas de pantalla impresas en papel fotográfico.

—Aportamos mensajes recientes donde la propia denunciante reconoce haber acudido a urgencias por cuadros de pánico previos a cualquier desacuerdo con mi mandante. Pretender que un diente partido en una maniobra fortuita de contención equivale a un patrón de violencia continuada es una desproporción jurídica.

Maya Chen se levantó sin prisa. Desplegó sobre el estrado las transcripciones compulsadas de las grabaciones encontradas en la máquina de ruido blanco y el tabique de la habitación de Emma.

—Con el debido respeto, la contraparte califica de «maniobra fortuita» lo que el atestado policial define como un golpe con la mano abierta a una mujer embarazada que sostenía a una menor en brazos. Pero lo verdaderamente relevante para esta Sala es determinar si existe un riesgo objetivo.

Maya miró directamente al tribunal.

—Aportamos la pericial informática realizada sobre el disco duro intervenido bajo mandamiento judicial. El demandado llevaba catorce meses catalogando la vulnerabilidad de mi patrocinada, simulando incidentes para desacreditarla y ocultando préstamos hipotecarios por valor de más de un millón de euros sobre la vivienda conyugal mediante la suplantación de su firma digital. No estamos ante una discusión acalorada. Estamos ante un plan premeditado de anulación y despojo.

Trevor, sentado junto a su letrada, inclinó la cabeza hacia ella y le susurró algo con vehemencia. Por un instante, la máscara de serenidad se le agrietó. Sus ojos buscaron a Rebecca en el banco de las víctimas. No había arrepentimiento en su mirada; había la furia fría de quien comprueba que el adversario ha descubierto sus cartas.

El fiscal se alineó con la tesis de la acusación particular:

—El Ministerio Fiscal solicita el mantenimiento íntegro de la suspensión del régimen de visitas presenciales hasta que se practique el informe psicodiagnóstico completo del investigado en el Instituto de Medicina Legal. La presencia de la menor en el momento del impacto y la existencia de dispositivos de escucha no autorizados en su propio dormitorio desaconsejan cualquier relajación de las medidas de protección.

El juez presidente se tomó dos horas para deliberar.

Cuando las partes reingresaron en la sala, el fallo fue contundente: el recurso de la defensa quedaba desestimado. Se mantenía la prohibición de aproximación a menos de quinientos metros y la custodia cautelar exclusiva en favor de Rebecca.

Al salir de la sala, el abogado de Trevor abordó a Maya en el vestíbulo.

—Aún podemos cerrar una conformidad en lo penal antes de que esto pase al Juzgado de lo Penal —dijo en tono bajo—. Un año de prisión, suspensión de la pena si no delinque y régimen de visitas tutelado en punto de encuentro. Trevor aceptará vender la casa y liquidar la deuda.

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Rebecca, que caminaba a un paso de Maya, se detuvo.

—Dígale a su cliente que el diente que me rompió no está en venta —dijo con la voz firme, sin que le temblara una sola sílaba—. Iremos a juicio.

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